La abadía de Alcobaca, un bello rincón luso

La abadía de Santa María de Alcobaca fue fundada en 1153 por Alfonso Enríquez, el primer rey de Portugal (1139-1185), justo después de la independencia de León y una serie de victorias contra los gobernantes musulmanes de Iberia. Alfonso le ofreció el emplazamiento a la orden cisterciense que acababa de fundar San Bernardo, y el monasterio emuló la gran abadía del propio Bernardo en Clairvaux (Francia).

En la actualidad, Clairvaux está en ruinas, pero todavía podemos ver Alcobaca en todo su esplendo medieval. Es el primer ejemplo de arquitectura gótica pura en Portugal, sin parangón en toda Europa por su espectacular escala y la belleza de su construcción. Consagrada en 1252, sigue siendo la iglesia más grande del país.

La fachada principal del monasterio, remodelada en la época del Barroco, apenas permite prever el impacto que tiene el interior. Al entrar por la puerta occidental, los visitantes no pueden evitar quedarse boquiabiertos.

La nave es alta y larga, pero estrecha: sus 22 metros de ancho son un quinto de su longitud, y esto provoca un efecto vertiginoso que hace que tanto los ojos como el espíritu se eleven inmediatamente hacia el cielo. La abrumadora impresión es de una simplicidad monumental, puesto que la única decoración son unas sencillas figuras talladas en las columnas.

El interior no resulta nada sombrío pues la pálida piedra está iluminada por grandes ventanas, incluido un rosetón en el extremo occidental. También los hay en los dos cruceros, donde los trágicos amantes legendarios, el rey Pedro I e Inés de Castro, descansan en tumbas de mármol talladas con intrincados motivos que contrastan con la sencilleza de la mampostería que las rodea.

La iglesia de la abadía es un lugar de solemne majestuosidad, donde la fe inquebrantable se expresa mediante la sólida piedra. El claustro del silencio adyacente tiene una simplicidad exquisita parecida, pero su escala y su ejecución son más delicadas. El impacto es menos majestuoso, pero más intimidatorio, como es lógico en un lugar en el que los monjes caminaban en una silenciosa contemplación.

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