En verano, el aire qe rodea la Abadía de Sénanque está impregnado del aroma de la lavanda en flor y del sonido de los cantos gregorianos que reverberan dentro de sus muros de piedra gris. Este es uno de los tres monasterios cistercienses importantes que hay en Provenza (Francia), conocidos en conjunto como las “tres hermanas”.

La Abadía de Sénanque está situada en un valle apartado, su arquitectura muestra una simplicidad reducida y una armonía de elementos que invita a la tranquilidad, la permanencia y la contemplación. Un lugar donde uno se aparte del mundanal ruido.

Los monjes cistercienses llegaron en 1148, desde la abadía de Mazan, en Ardérche. Los monjes, pobres, vivían en cabañas hasta que recibieron la ayuda de los señores de Simiane, que les permitieron fundar la abadía en 1778.

Los cistercienses era una rama especialmente ascétida del catolicismo fundada en 1098 y que se expandió durante el siglo XII gracias, en gran medida, a la labor de Bernard de Clairvaux. A diferencia de otros monjes, los ingresos de los cistercienses no dependían de diezmos o cuotas, ya que labraban la tierra. Hoy en día, los monjes de Sénanque siguen cultivando lavanda y ocupándose de abejas productoras de miel para su subsistencia.

La vida monástica cisterciense hace hincapié en la disciplina, la humildad y la austeridad. En su arquitectura (y Sénanque no es una excepción) se suele reflejar esa austeridad. El diseño está basado en la sede cisterciense, la abadía de Citeaux, cerca de Dijon, aunque, debido al poco espacio que había en el valle, el oriente litúrgico está orientado hacia el norte.

Las condiciones son simples: la única habitación con calefacción es aquella en la que los monjes leen y escriben, y apenas hay adornos. No hay vidrieras, ni pinrutas ni manuscritos ilustrados, y las columnas emparejadas de piedra caliza de los claustros no tienen más que diseños de lo más simples de hojas y vides en los capiteles.

En su lugar, la decoración la proporciona el intenso malva de los campos de lavanda de alrededor, el juego de luces y sombra de las paredes de la abadía, y el pasar de los austeros hábitos blancos y negros de los monjes residentes.

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